EL RITMO DE HONG KONG.

PARAISO DE LAS COMPRAS, REINO DEL ASFALTO, HONG KONG ES UNA DE LAS CIUDADES MÁS ENERGÉTICAS DEL MUNDO. TIENE UN RITMO TREPIDANTE Y CONTAGIOSO.

No es difícil acoplarse a su velocidad ya que toda su estructura ciudadana está hecha para la prisa. Una mezcla euroasiática se mueve entre las escaleras mecánicas que acortan la distancia entre las calles empinadas y entre los pasadizos y puentes que emergiendo de los hoteles y oficinas, comunican un edificio con otro. Tanto, que la isla de Hong Kong se puede prácticamente recorrer “de rascacielos a rascacielos” sin salir a la calle.

Los autobuses de dos pisos y los taxis rojos son los dueños del tráfico. Se conduce por la izquierda, legado de la Gran Bretaña que alquiló la isla a China por noventa y nueve años. La renta se les terminó en el 1 de Julio de 1997, aunque China prometió respetar los sistemas de vida y los económicos al hacerse cargo de la antigua colonia inglesa.

Los amos del mar son los” sampanes” y los “ ferries” que cruzan constantemente de la isla de Hong Kong a la península de Kowloon que, con “Los nuevos territorios”, forma el triunvirato de Hong Kong. Entre muchos de los atractivos con los que cuenta Kowloon está el enorme centro comercial del Ocean Terminal, al lado del embarcadero del “Star Ferries” y uno de los hoteles más bellos de Asia, “El Península”.

Puerto Fragante.
El “Puerto fragante” Nadie lo diría, mas el romántico epíteto significa “Hong-Kong”. El puerto fragante, en donde atracaban barcos procedentes de diversos lugares del globo terráqueo, aportando una gran riqueza económica y cultural a ésta entrada de China. El Reino Unido reconoció a la isla como un lugar estratégico en Asia y se instaló en ella a partir de la segunda guerra del opio, en el 1841.

Tras la devolución Británica de Hong-Kong a China en el 1997, bajo el régimen especial concedido por el gobierno chino, la ciudad continua siendo un paraíso del comercio, y a pesar de su crisis de 1998 que ha remontado con creces, el 80% de la actividad económica sigue perteneciendo al sector de servicios.

El cantones se habla en la calle, a la par que el inglés, y el mandarín en minorías. La población de siete millones de habitantes, la compone una mezcla euroasiática en la que predominan chinos, ingleses, hindúes y filipinos, creando un “cocktail” curioso que llena las trepidantes calles de Hong-Kong de una diversidad de colores, sabores y sonidos, en una ciudad con una densidad de 6.500 personas por km2…

El pasado y el presente conviven de forma natural. Las generaciones mayores visten aún con sus trajes de corte asiático, mientras los jóvenes están a la última. En los mercados se escuchan las notas de las canciones ancestrales, pero en las discotecas el “Canto-Pop”(cantones pop) o el “Mando-Pop” (mandarín pop) son los reyes de la noche.

El “Festival del Dragón” y el “Año nuevo chino” suponen los eventos principales de la ciudad, sin menguarle importancia a los tres días que dura la competición de rugby de los “Seven” que trae aficionados de todas partes. Durante esos tres días, mañana y tarde, el estadio se llena de hinchas que, a base de una jarra de cerveza tras otra , animan a los equipos, especialmente a los de Australia, Samoa, Fiji y Nueva Zelanda, a que mantengan su aureola de vencedores, como todos los años.

La ciudad se despierta temprano y el trasiego callejero invita a recorrerla. El cemento ha poblado cada metro cuadrado libre de la isla. Aun así, lo ha hecho con cierto gracejo
y la vegetación que ha luchado por su espacio, lo ha conseguido, humanizando sus calles. Muestra de ello es el “Hong Kong Park” que cuenta con una variada flora y un estanque bordeado de bambúes con flores de loto flotantes.

La gema del parque es el Museo del Té, de arquitectura colonial que contrasta con los vecinos rascacielos de cristal.

El Museo ofrece un interesante recorrido por la historia del té, y una ceremonia en su “Casa del Té” en donde , se aprenden los entresijos para elaborar una exquisita taza, con la delicadeza oriental.

Del Museo del Té, en dos zancadas, se llega al Hotel Shangri La en el que, como todos los edificios de importancia de Hong Kong cuenta con centros comerciales, correos, farmacias y demás servicios que se puedan desear. Desde allí, por los corredores acristalados que entrelazan el centro metropolitano, se llega hasta el puerto en donde salen los” ferries” para Kowloon, Macau… Antes de embarcarse conviene echar un vistazo, ya que está por la zona, a la tienda de Shangai Tan. Sedas de vivos colores y suaves cachemires son los materiales que el Señor Tan, oriundo de Shangai, utiliza para su confección, adaptando el diseño oriental a los tiempos modernos y logrando una ropa distinta y seductora.

En pocos minutos el” ferry” cruza de Hong Kong a Kowloon. El mercado de jade espera con sus puestecillos de collares, cajas chinas y rosetas ¡antiquísimas!, según dicen…. Y no muy lejos, en el Templo de Wong Tai Sin se lanzan al suelo los palillos del destino esperando la caída los números que, acto seguido, alguno de los múltiples lectores del hado que bordean el templo, interpretara de forma poética.

Hong Kong está lleno de mercados, no-solo el del jade. Los hay de alimentación: vegetales, pato lacado, exquisitos cangrejos peludos de temporada. Los hay de ropa, en cada esquina se encuentran puentecillos de gangas, especialmente en Stanley. El mercado de pescado de Aberdeen es otro punto a tener en cuenta. Los sampanes que sirven de vivienda a los pescadores, vuelven con su fresco botín que subastan en un curioso escenario en que las pintorescas embarcaciones contrastan con el paisaje de fondo de la colmena arquitectónica.

De vuelta a la isla de Hong Kong y antes de que anochezca hay que subir al “Victoria Peak “en el tranvía funicular y estar en el punto de mira para cuando enciendan las luces, ver el espectáculo de una ciudad que no quiere estar a oscuras y recibe la noche iluminando sus edificios de todos los colores en una refulgente competencia.

En el ascenso a “Victoria Peak” para esperar la noche, las escaleras mecánicas suben por Hollywood Rd. , la calle de los anticuarios, de los restaurantes de moda, y de los bares de copas. En sus puestecillos callejeros, las estatuillas de Mao y la era socialista china se codean con guerreros de la dinastía… y con el jade, coral y demás maravillas asiáticas. Es un buen sitio para cenar y observar el pulso de una ciudad que siempre tiene algo más que ofrecer.

GUIA:

Donde dormir:

Para una noche de lujo asiático: El Hotel Península en Kowloon, en el Ocean Terminal.

Donde comer:

El Edificio más alto de Hong Kong el IFC2, aparte de tener un mall con las tiendas de todas las marcas más importantes, cuenta con una serie de restaurantes decorados espectacularmente: los “Lumiere” de fusión gastronómica sichuan y cantonesa, cuyo conjunto se llama cuisine/cuisine. En el mismo edificio hay un estupendo italiano llamado “Isola” y el “Lee Garden” de comida china.

Si se quieren ver las carreras de caballos comiendo unos exquisitos pichones, nada mejor que el hipódromo de Hong Kong.

El Club de China cuyo propietario es el Señor Tan, dueño de Shangai Tan, tiene una ambientación exquisita, una colección de pinturas que llegan hasta la época maoísta y una comida deliciosa. Hay que conocer a algún socio para poder entrar.

Donde comprar:

Aparte del Ocean Terminal, el IFC 2 y el mercado de Stanley, el centro por excelencia hoy en día de las compras, las imitaciones de marcas, en fin, la locura del consumidor, es Szenchen. Hay que pedir un visado para entrar en China, y a una escasa hora de Hong Kong, el tren llega hasta el mismo centro comercial, paraíso del comprador.

Hong Kong 23

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