Belmond Safaris Botswana 2ª etapa

Khwai River Lodge

La siguiente etapa de la aventura africana se desarrolla en la Reserva de Moremi fundada en 1963 por la Señora Moremi, viuda del jefe de los Batawna de Ngamiland Moremi III, en su afán por proteger a la fauna salvaje de la caza feroz e indiscriminada. Tras sobrevolar durante 45 minutos el grandioso Delta, observando una vez más la belleza de las manadas de búfalos, cebras, impalas, ñus, y kudus en su habitat natural, se llega a Khwai River Lodge a orillas del río Khwai, escondido entre bosques de higueras y árboles de plomo.

Las catorce tiendas de lujo color caqui se camuflan entre la vegetación y dentro de ellas da la sensación de estar solo, con la única compañía de los elefantes que van a beber al río, el hipopótamo emergiendo y sumergiéndose en las aguas, y los trinos constantes de las miles de aves que habitan la Reserva. El horario de actividades suele ser el mismo en los tres campamentos de Belmond en Botswana. Un desayuno copioso al amanecer, recorrido en el jeep a la búsqueda de animales, comida, siesta y a las 3.30 en punto el “british tea” acompañado de sandwiches, “scoones” y demás delicias, antes de subir de nuevo al jeep con la esperanza de lograr ver los famosos “Big Five” (león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo) y esperar la puesta de sol en el escenario único de la sabana.

Nuestro guía y mentor, John, nos anima a estar “ojo avizor” pendientes de cada movimiento, cada sombra… pues en cualquier momento nos podemos encontrar con los ojos verde esmeralda del leopardo, la melena dorada del león, o con las entrañables impalas, llamadas coloquialmente el “MacDonald” de la selva, pues sirven de “comida rápida” para los depredadores, mientras no encuentren otro bocado más selecto. El aire está impregnado del aroma apenas perceptible de la marula. Alguien dentro del jeep señala un grupo de cebras a la derecha, mientras que los buitres apostados en un árbol seco buscan los restos de la impala que la leona o el leopardo escondieron tras cazarla. John que ha encontrado lo que queda de la impala sugiere esperar hasta que vuelva el depredador a buscarla. La espera se hace larga, decidimos marcharnos, y al poco, en un enorme y rameado ficus, trepando con esa suavidad que caracteriza a los felinos, dos bellos leopardos suben a la copa del árbol y nos alegran el día ante tamaño encuentro.

Satisfechos por haber visto uno de los “grandes” seguimos ruta cuando los perros salvajes hacen acto de aparición al lado del lago y no lejos de una manada de impalas que no se ha percatado de su “inquietante” presencia. El elefante cruza delante del jeep con paso parsimonioso, obviando nuestra compañía y haciendo alarde de su grandiosa presencia, mientras un par de jirafas nos miran por encima del hombro, para continuar con el juego “amoroso” que les ocupa.

Queda una hora antes de que caiga la tarde y John aprovecha para improvisar un frugal piscolabis con diferentes tipos de te y pastas. Entretanto el paisaje va cogiendo los tonos dorados de la tarde y el sol baja cada vez más deprisa hasta convertirse en una bola de fuego y transformar la sabana en esa postal africana que siempre habíamos soñado con algún día poder contemplar.

A la vuelta al Lodge, el staff se está preparando para el “Boma” que tendrá lugar esa noche. En lo que antaño era la choza circular de encuentro para los ancianos de la tribu donde se reunían alrededor del fuego para debatir los asuntos del momento, hoy se celebra un variado buffet y al calor de la hoguera se escuchan las leyendas y las canciones que el personal del hotel entona magistralmente. Antes de vestirse para la cena, nada como sumergirse en la bañera exterior a la antigua usanza, envuelta en una pared de troncos, iluminada por la calidez de los quinqués y con un cielo plagado de estrellas como techo.

Una penúltima partida de ajedrez y a dormir. La noche africana está llena de sonidos bellos, inquietantes, misteriosos. En el duermevela dentro del mosquitero se escucha esa sinfonía general que forma su conjunto. Sin embargo, de repente, un ruido cacofónico prelavece sobre los demás. Se diría que son unas pisadas contundentes a pocos metros de la tienda. Efectivamente, debajo de la terraza, un hipopótamo enorme ha decidido pasar la noche al resguardo de la cabaña a la que gracias a su construcción tipo palafito no podrá subir.

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Información:
belmond.com

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