Filipinas-Un paseo por el ayer de Manila

Por la pequeña y bella Ciudadela de intramuros erigida entre el río Pasig y el mar de la China

Al cruzar Intramuros atrás se quedan los rascacielos de cristal de Makati, centro de negocios donde hoy se desarrolla la mayor parte de la actividad manilense. Atrás se quedan los muchos distritos que forman la gran metrópolis de Manila y el ruido, caos, la fascinación que una ciudad de dieciséis millones de habitantes, provoca.

Dentro de las murallas, la Catedral de Manila recibe al visitante, la Iglesia de San Agustín le muestra su colección de arte y el recorrido por “Casa Manila” le lleva a las costumbres y el vivir de finales del s. XIX cuando los españoles estaban a punto de dejar las islas, y los americanos de entrar en ellas…

Corría el 1986…

A pesar de lo que se estaba fraguando en su retaguardia , allí estaba Manila más viva que nunca y receptora de las muchas y variadas influencias que le llegaban de lugares lejanos.

Las calesas deambulaban por la ciudad. La parsimonia de su trote era perfecta para observar la calle; pantomimas callejeras, llamadas “Mojigangas” con sus bastidores en forma de castillos hacían representaciones de batallas con los moros a cambio de comida y bebida, mientras que en unos pequeños escenarios o “carrillos” construidos con bambú , titiriteros recitaban “Los Infantes de Lara” o la famosa leyenda filipina “Ibong Adarna”.

Las puertas de los teatros estaban llenas. Hombres con esmoquin y mujeres con trajes vaporosos, algunos hechos con la tela de piña tan codiciada en la Europa de entonces, asistían a la representación de “Doña Francisquita”. Algunos niños que vendían flores a la luz de los farolillos de gas, trataban de abrirse camino entre el batallón de vendedores de todo: ensaimadas, “suman” y “ espasol” (dulces de arroz con leche de coco), y un afrodisíaco huevo de pato el “balut”.

En la venta de los codiciados productos y en la expresividad de los niños ofreciendo rosas, nada había cambiado en Manila cien años después. A las” sayas “y los pantalones blancos de lino, les sucedieron los vaqueros. A la música callejera, le remplazaron los” e-pots” y las radios de los coches . El heredero oficial de las calesas fue el “jeepney”, simpática gua- gua local decorada con un sinfín de abalorios, antenas y luces de colores: mezcla de carro de gitanos o discoteca ambulante que protagoniza el tráfico filipino.

Intramuros sigue teniendo armonía a pesar del paso destructor de la segunda guerra mundial. Las calles están graciosamente alineadas por casas” bahays” estilo filipino: la planta inferior de piedra y el piso primero de madera con ventanas de “capiz” (madreperla).

A la Manila amurallada, construida por los españoles en 1571 en la boca del Río Pasig se le consideraba una de las ciudades medievales mejor conservadas. El Río era la arteria de la ciudad por la que navegaban desde vaporcillos para el transporte domestico que llegaban de los esteros de Manila hasta veleros impresionantes. Sin dejar de lado a unas curiosas barcazas llamadas “cascos” en las que vivían familias enteras dedicadas al transporte de mercancía por el Río y por los esteros.

En la Manila antigua se hallaban la Puerta Real y la Universidad de Santo Tomas y el Ayuntamiento y el Ateneo y la famosa destilería de “San Miguel”, cerca del Palacio de Malacagnan, residencia de los presidentes filipinas. Y en cada rincón, la estatua de algún personaje publico que hubiera puesto su granito de arena en la construcción de la cosmopolita Manila, como Carlos IV o Miguel de Benavides, fundador de la Universidad de Santo Tomás.

 

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