Boracay, arena de coral-Filipinas

Siete mil islas forman el archipiélago filipino. Cada una de ellas aporta esa gota de belleza que hace de Filipinas un país hermoso y polifacético. La donación de Boracay es su playa kilométrica de arena coralina que le convierte en visita obligada para los viajeros.

Boracay está situada a unos 400 km. de Manila en la isla de Panay que pertenece al archipiélago de Bisayas . Durante el vuelo hasta el pueblo de Caticlán se ven con diáfana claridad un rosario de islas coralinas que culminan en una triangular en la que su playa es más blanca que las demás y un bosque de esbeltos cocoteros la bordea ¡Estamos sobrevolando Boracay! La avioneta aterriza en el pequeño aeropuerto de Caticlan .Una vez allí, una “banca” (canoa local), cuyo nombre tagalo es Virhen de los Dolores, nos recoge . Su cadencioso navegar es perfecto para contemplar las aguas transparentes del Mar de Filipinas en donde se translucen los multicolores corales y peces. Ya se perfila la playa repleta de cocoteros, cabañas de paja y adornada en sus orillas con veleros pintados de vivos colores que rompen los tonos pastel del cielo y del mar. El exotismo del paisaje contrasta con las últimas novedades en deportes acuáticos; esquí, vela, wind surf, inmersión, y gusanos de goma saltarines.

Con los ojos bien abiertos

El desembarco hay que hacerlo con calma para que no se nos escape nada. Lo primero es saltar de la banca y sentir como, a pleno sol tropical, la finísima arena, no solo no quema, sino que es una caricia para los pies. Lo segundo es echar un vistazo a los atractivos chiringuitos que pueblan la playa; unos son bares, otros son tiendas, hostales y hasta hay ciber cafés para quien que no quiera aislarse del todo. Tras tomar posesión del bungalow correspondiente, se puede optar por un buen baño en las cristalinas aguas, un paseo por la playa, o un masaje tumbado en la arena, y así, esperar la noche de Boracay.

Cae la tarde, el sol bermellón se esconde bajo las aguas y las nubes pasan por tonos encendidos, desde el rojo reventón hasta el violeta. Llega el ocaso y es entonces cuando las antorchas iluminan ténuamente la playa, acompañadas por las velas de los restaurantes y los candiles de los bares. La salamandra cantarina de Filipinas, cuyo nombre onomatopéyico es toko, entona su copla al anochecer, secundado por los sonidos de los grillos, las lagartijas y la magnética música de José Padilla y Café del Mar que llena el aire de embrujo.

El plan de la noche es pasear los cuatro kilómetros de playa de White Beach, de los siete que tiene la isla de longitud, y contemplar a las bancas pescando el calamar, tomarse unas copas en alguno de los chiringuitos o coger una motorina con sidecar que nos llevará al mercadillo, o a cualquiera de los restaurantes de comida internacional, situados en la parte trasera de la única calle de la playa, en donde se aglutina la vida nocturna.

Es hora de ir a dormir, entre el murmullo de las olas y el canto de la noche.

Amanece en un suspiro, el toko le ha cedido su puesto al gallo que cacarea sin timidez anunciando el día. Un desayuno de frutas tropicales; nada como el mango filipino, y hablar con un “banquero” para dar la vuelta a la isla. Los tonos del agua varían entre el azul turquesa y el marino, hasta llegar a una cala pequeña en la que el agua se vuelve verde esmeralda. Allí hacemos un alto en el camino y desembarcamos en la playa desierta. El “banquero” prepara el fuego para la comida, y brasea el “lapu lapu”, pescado blanco y sabroso, cangrejos y gambas, mientras contemplamos la sinfonía de colores del mar de Boracay y del sol que vuelve a ponerse una vez más, y tiene la delicadeza de no repetir los colores del día anterior.

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