Tahití y sus Islas. Fakarava-Reserva Natural de la Biosfera

 

La madre de valentina
La madre de Valentina

 

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Donde el cielo y el mar se funden en un mismo azul y el horizonte es tan amplio que da miedo perderse en él. De la furia del volcán nació uno de los lugares más hermosos de la tierra.

El mundo de los “motus” (islotes) y la madre de Valentina.

La motora se adentra en la laguna y el silencio es lo único que se escucha.

Nadie se atreve a profanar ese instante único en que el cielo se ha fundido con el mar de tal manera que es imposible separar al uno del otro. Se escucha una voz que rompe el mutismo para exclamar “¡Esto es el fin del mundo! “A lo que la madre de Valentina, la encargada de la biosfera, de la que Fakarava es considerada Reserva Natural, y que acompaña a su hija en la excursión, contesta, sin perder la sonrisa. ”No es el fin del mundo ¡Es el principio!”.

La barca navega tranquila y el panorama se vuelve cada vez más insólito. No hace falta sumergirse para ver el fondo marino con toda claridad: bosques de corales, peces de todos los colores y plantas marinas, se traslucen en la más cristalina de todas las aguas.

Como un collar de las perlas que da su mar, los” motus “bordean la laguna, y según cuenta la madre de Valentina, antaño, en cada “motu” vivía una familia y de cuando en cuando había peleas tribales por el” tema inmobiliario” del archipiélago y la familia vencedora embargaba el” motu “de la perdedora, como botín.

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Los”motus” no son todos iguales. La riqueza desbordante de la biosfera del atolón hace que prácticamente cada islote tenga su particularidad. En unos crece el cocotero o el árbol del pan, en otros la palmera autóctona de Tuamotú y, está aquel, en donde los pájaros anidan, especialmente el martín pescador o alguna de las dos especies de aves endémicas de Fakarava. Es un auténtico placer deambular entre la espesa vegetación del “motu “e ir descubriendo una cabeza todavía sin plumas que asoma tímidamente del nido y apenas sabe desplegar las alas.

Los habitantes marinos de la laguna también son de otra índole que los de mar abierto e incluso hay algunos crustáceos como las cigalas de mar, las gambas “oiti iti” o las esquilas, oriundos de esas aguas. Está rigurosamente prohibido pescar por diversión o deporte; la pesca solo se contempla para la alimentación, ni siquiera para la venta, puntualiza Valentina cuando el Capitán aminora la velocidad, para el motor, y se detiene en medio del atolón y nos invita a andar por las aguas.

Valentina es la primera en saltar y ante la perplejidad del resto, caminar por la lengua de arena tan blanca, tan impoluta, que se confunde con el agua y apenas se le adivina.

Acto seguido la barca se vacía; solo quedan en ella Arielle corresponsal de Radio Francia y la madre de Valentina a la que Arielle entrevista en el más surrealista de los paisajes, allá donde el resto del mundo parece no existir y sin embargo, sus radioyentes, de alguna forma, están participando de la plenitud de ese momento.

Navegamos hacia Temanú, el pueblecito donde se encuentra la entrada sur del atolón. Un “village”(pensión) , una cuantas casas, una de las iglesias católicas más antiguas de la Polinesia Francesa que data de 1874 y está construida con coral, dos tumbas ancestrales, una escuela como “de juguete” y gente hospitalaria pero orgullosa, componen Temanú.

Una niña juega a pescar un pez payaso, que le sigue el juego y gira una y otra vez alrededor de la caña, mientras otro chaval construye una tarta de arena que decora con frutos y hojas; la abuela con sus flores en el cabello, los vigila a los dos. Enfrente la corriente multiazul de la entrada sur de Tumakohua, se bate en su lucha por romper la armonía.

Antes de regresar al “village” hacemos un alto para tomar una copa en el único hotel permitido en la Reserva de la Biosfera: El “Le Matai Dreams Fakarava”, decorado con materiales autóctonos a base de bambú, ratán y coco. Buenas copas y mejor gastronomía, rodeados de un ambiente acogedor y elegante a la vez. Valentina lleva a su madre al “marche”(mercado)
donde todas las madrugadas monta su puesto de sombreros que ella misma elabora con destreza y creatividad.

De vuelta a la pensión de “Tokerau”, su propietaria, Flora, ha cocinado una exquisita lasaña de “Mahi Mahi” un pez muy sabroso de cabeza gigantesca y cuerpo largo. Y al calorcito de la mesa y con una buena cerveza “Hinano”, comienza el intercambio de impresiones y aquellos que navegaron en el atolón comprenden a la madre de Valentina y se van a dormir sabiendo que han tenido el privilegio de conocer “El Principio del Mundo”.

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