Una Historia “Aussie”

Los buscadores de historias van por el mundo al acecho de lo insólito que no tiene por qué ser peligroso, ni rebuscado, solo distinto. Escuchan y observan vidas ajenas hasta dar con un cuento, digno de ser narrado. Este que sigue podría ser uno de ellos:

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Erase una vez… tres ejecutivos maduros, sitos en la bellísima ciudad de Sydney.

Dos hombres y una mujer, triunfadores, agresivos, que, de la noche a la mañana, abandonan su envidiable “modus vivendi” y le dan la espalda a la cosmopolita Sydney, para refugiarse en las aguas pantanosas de la desembocadura del río Hasting, Port Macquarie, a 420 Km al norte de Sydney, en el estado de Nueva Gales del Sur.

Estos “aussies” (termino familiar para australiano), compran un cascaron de nuez al que bautizan como “La Reina de África” (por su semejanza con la barcaza de Humphrey Bogart), una tetera de zinc, unos cuantos arreos de pesca, y se dedican a pasear a turistas despistados que caen por estos lares.

El paseo que Sarah, Peter y Stephen ofrecen por las riberas del río, no tiene desperdicio.

 

 

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Desde el ronroneo del navegar de la “Reina de África” al que secundan el trino de los pájaros que pueblan los cielos australianos, el “borboteo” del “kettle” hirviendo, presto a servir un excelente té y la voz grave de Stephen entonando canciones irlandesas, hasta el espectáculo visual que suponen los cauces pantanosos del río.

Los eucaliptos rodean sus vereda. Es el árbol de Australia por excelencia que reina en sus bosques , y que cuenta con cientos de variedades. Las bateas de ostras flotan en las aguas grisáceas, mientras que los criadores las riegan, las recogen y se aposentan a su vera, en unos barracones que son sus hogares, desde donde siguen la crianza del molusco día y noche, acompañados de los pelícanos que son sus inseparables compañeros del pantano y que los visitan regularmente y a la misma hora, reclamándoles algo de comida como pago a su fidelidad.

El bote lleva un navegar sereno que permite recrearse en la curiosa fauna y flora de Australia, tan diferente a la del resto del mundo. No es raro ver balancearse a algún que otro koala en un tipo especial de eucalipto cuya hoja les sirve de alimento y de somnífero también, por sus efectos de adormidera. Loros, cacatúas,” KuKubaras” riéndose estrepitosamente, vuelan de árbol en árbol, y también se acercan a los barracones en donde casi siempre encuentran semillas que les han dejado sus dueños generosamente.

Hacía las doce del medio día, Peter se dirige a tierra en donde un campamento rupestre con sillas y bancos de madera, barbacoa, y velas “cítricas” para espantar a los mosquitos, aguarda a que los pasajeros de la” Reina de África “ desembarquen. Es la hora de la comida , que Sarah organiza, mientras que Stephen enciende la barbacoa y Peter ofrece café en “mugs” de zinc. Los tres aprovechan la ocasión para responder a los curiosos visitantes, que les preguntan sobre su vida en Port Macquarie y más que nada sobre el cambio radical que supuso dejar la que tenían en Sydney. Paz, sosiego y libertad en un lado de la balanza – fama, dinero… esclavitud en la otra. Ganó el cascarón de nuez y la “Reina de África” les enseñó que se podía vivir de otra manera, decisión por la que dan gracias.

De regreso , con el silencio de la sobremesa, algunos pasajeros se atreven a echar el sedal, con poca fortuna. Otros duermen la siesta.La tripulación saluda a los bañistas, criadores de ostras y dueños de los barracones que se cruzan por el camino, y anuncian que en media hora y al pasar por la casa al borde de la ribera, pintada de rojo, un pelícano llamara a su puerta para recibir su ración diaria de sobras. Efectivamente, así ocurre, con una puntualidad meridiana.

Delfines saltarines acompañan a la barcaza hasta el puerto. Antes de desembarcar, cambios de direcciones, teléfonos, promesas de prontos encuentros, y recomendaciones como la de probar el vino de la zona, visitando los viñedos del valle de Cassegrain a las orillas del Hasting, echar una ojeada a algunos de los edificios antiguos de Port Maquarie, como la iglesia de St. Thomas, construida por aquellos convictos que no les cabían al “Gobierno” en las prisiones inglesas y que acabaron siendo los pioneros de Australia. Excursión obligada es la del “Rain Forest” en donde se podrá ver las maravillas que el clima subtropical de la zona ha conseguido en este bosque singular.

La Civilización, una vez más

El puerto está animadísimo y su causa es la llegada “Captain Cook”, bautizado con éste nombre en honor al intrépido marino que arribó en las costas australianas cuando estás aún eran un misterio. El velero es impresionante. Construido con maderas nobles, velas blancas y todos los detalles de una reproducción perfecta. Su cometido en estos tiempos no es tan aventurero como antaño, y se limita a un suave recorrido de Sydney al turístico Port Macquarie y viceversa, en el que durante tres días, el pasaje puede disfrutar de las comodidades de un barco, que aunque su aspecto no lo revele, cuenta con todos los adelantos de un moderno crucero.

La gente airea sus manos despidiendo al” Captain Cook “ y sus tripulantes, como si se fueran a surcar los mares al encuentro de lo desconocido, cuando el único encuentro final será el de la opera de Sydney, recibiéndole con sus pétreas velas a la entrada de la bahía.

Las siete de la tarde es la hora adecuada para buscar un buen restaurante de pescado, por estar al borde del mar y no por despreciar la carne, que tanto de res, como de cordero es de primera calidad en Australia. El “Chadornnay” es idóneo para acompañar al “Barramundi”, pescado suave y sabroso de carne blanca. Y por supuesto hay que probar las cremosas y sabrosísimas ostras australianasque se deshacen en la boca.

Mientras, a lo lejos, el “Capitan Cook” desaparece en el horizonte, y la luna aparece en el cielo iluminando la Cruz del Sur.

Mientras, a lo lejos, el “Capitan Cook” desaparece en el horizonte, y la luna aparece en el cielo iluminando la Cruz del Sur.

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