Al aeropuerto de Funchal a la “orillita” del mar se le quedó corta su pista de aterrizaje, por lo que no tuvo más remedio que alargarla. La colosal obra consiguió combinar la flora, el deporte y los vuelos a Madeira de forma magistral. Perdida en el Atlántico, Madeira no fue punto de mira para Portugal hasta mediados del s. XV cuando el reino portugués dio con la isla boscosa a la que bautizó como la madera que le protagonizaba. La que hasta entonces había sido un paraíso para las aves y para las ballenas que cruzaban el océano, tras su descubrimiento se convirtió en un lugar estratégico de los barcos mercantes camino de África o de Sudamérica. Con el matrimonio entre Carlos II de Inglaterra y Blanca de Braganza, Madeira culminó como lugar preferente para los navegantes ingleses. Pasaron los siglos y muchos barcos atracaron en sus costas: barcos mercantes, navíos de guerra y goletas piratas dejaron su impronta en la amplia historia de la pequeña Madeira. Algunos incluso, atracaban en el puerto para llenar sus bodegas del exquisito vino de Maderia, que les ayudaba a luchar contra el escorbuto y la nostalgia. Hoy la isla es un lugar turístico que ofrece la variedad de su paisaje, desde la flora tropical hasta la estampa invernal de sus picos poblados de pinos , eucaliptus y castaños, regados por las “levadas” que serpentean la isla. Los pueblos blancos de tejas rojas se salpican entre las viñas escalonadas y de cuando en cuando…Read More